El hombre víctima/victimario

En mis clases en la Universidad, desde hace algunos años, comienzo mi clase leyendo un fragmento de un texto que haya leído durante la semana en curso y que me haya parecido socialmente relevante. Esta semana leí un fragmento de un texto que hablaba sobre la imposición de normas de conducta a los varones que nos obligan a mostrarnos siempre valientes, que habla de cómo la «cobardía» se reserva para los hombres y no se atribuye a las mujeres, de cómo se nos enseña a ignorar el peligro y hacerle frente, de cómo se nos enseña a suprimir nuestras emociones que puedan considerarse femeninas, porque además, confabulamos lo femenino con lo débil.

Así es como la gran mayoría de hombres hemos sido socializados, para suprimir las emociones y para no expresarlas. El rango emocional del paradigma masculino tóxico admite tres formas de expresión emocional que no restan a nuestra hombría: La felicidad o alegría, que podemos mostrar libremente sin temor a que nos haga parecer menos masculinos. De igual manera, podemos mostrarnos ecuánimes o inexpresivos, esta es la segunda forma de «expresión» emocional, si es que podemos llamarle como tal, que no resta a nuestra masculinidad tradicional. La tercera es la más común forma de expresión emocional en los hombres: el enojo o la ira. La enorme mayoría de las emociones consideradas «negativas» que un hombre puede expresar (tristeza, angustia, dolor, miedo, etc.), serán expresadas casi siempre como enojo.

El hombre que pierde a un ser querido, más que expresar su tristeza y su dolor, expresa enojo. Está enojado con la vida, con su Dios, con toda la gente que disfruta sus vidas mientras esa persona amada ya no puede, está enojado consigo mismo por lo que se reprocha no haber dicho o hecho con esa persona, y ese enojo se manifiesta en forma de aislamiento, de gritos o rechazos a quienes buscan acercarse para aliviar un poco su dolor.

El hombre que nota que su pareja comienza a distanciarse, o que nota que expresa afecto hacia otra persona, no expresa el miedo terrible que siente de que esa persona pueda dejarlo por estar con alguien más, expresa enojo, reclama, ofende. Es incapaz siquiera de reconocer que lo que está sintiendo no son celos por ser celos, es miedo, es un miedo profundo con base en sus inseguridades, esas que tampoco sabe reconocer ni expresar, en el sentirse impotente ante la posibilidad de que la persona amada pudiera ser más feliz en otro lugar, con otra persona.

El hombre que ve amenazado su trabajo expresa enojo porque es incapaz de reconocer el profundo miedo de sentirse incapaz de proveer, de lo que su capacidad de producir y ser sostén de su familia significa para poder sentirse hombre, de lo terriblemente entrelazada que se encuentra su desempeño como proveedor con su masculinidad y el sentimiento de pérdida de calidad humana que enfrenta cuando su capacidad productora es puesta en duda.

El hombre que en una contienda deportiva va perdiendo tenderá a volverse más agresivo, comenzará a utilizar su fortaleza física y su agresividad como violencia, como arma para atacar a otros, lo mismo pasa en las calles cuando un hombre al volante es rebasado por otro vehículo a mayor velocidad, inmediatamente siente que debe acelerar, que no puede permitir que otro conduzca mostrando mayor agresividad, pues ésta está ligada a su hombría.

Así, en cada aspecto de la vida que el hombre sienta su masculinidad retada, responderá con agresividad, con violencia. Convertirá cualquier situación en un concurso de quién la tiene más larga, de quién es más macho, más agresivo, más violento, más «hombre». El mandato masculino tradicional dicta que así deba ser, que el hombre deba probar constantemente su masculinidad, ante todo y ante toda persona, especialmente sus congéneres.

Pregunté después a mis alumnos si recordaban o habían visto a algún niño menor de 8 o 9 años hacer esto; a un varón pequeño que no exprese sus emociones, o sus miedos, que no le diga a sus amigos que los quiere y tema abrazarlos o besarlos por ser juzgado, que no diga que tiene miedo cuando algo lo atemoriza, que no llore o se queje cuando sienta dolor. Después discutimos un poco sobre las edades en que los hombres empezamos a reproducir estructuras de opresión y de control sobre lo que socialmente se nos ha definido como masculino, y cómo entre nosotros, como colectivo, comenzamos a gobernar nuestros comportamientos y a dictaminarlos masculinos o femeninos. Entonces comenzamos a evitar a toda costa estos últimos, pues asignamos también un valor menor o un valor negativo a estos comportamientos, así, aprendemos a rechazar e infravalorar lo que consideramos femenino, y a asignar un mayor valor a los comportamientos que aceptamos como masculinos. Es así como nos adoctrinamos en la misoginia y el machismo, es así como reproducimos las estructuras patriarcales y el mandato masculino tóxico. Y de ser niños emocionalmente expresivos, libres de estos condicionamientos y paradigmas, pasamos a ser adolescentes y adultos llenos de prejuicios y limitaciones, tóxicos para nosotros mismos y para quienes nos rodean.

En palabras de la gran Rita Segato: «Hay hombres que para gozar del prestigio masculino frente a sus pares son obligados a hacer lo que no tienen ganas y a veces a no hacer lo que tienen ganas: la primera víctima del mandato de masculinidad es el hombre».

¿Hasta cuándo compañero? ¿Hasta cuándo vas a aprender a reconocer tus emociones? ¿Cuándo aprenderás a decir: «estoy triste», «tengo miedo», «estoy frustrado», «me siento impotente», «me siento inseguro»… ¿Hasta cuándo vamos a seguir matándonos y matándolas porque no sabemos más que expresar enojo a través de la violencia, hasta cuándo seguiremos probando que somos tan hombres que matamos a otras personas con tal de no permitir que nos «feminicen» o que nos hagan sentir «menos hombres»?

Te pregunto a ti hombre, cumplidor y procurador del mandato masculino tradicional: ¿No estás harto? ¿No te molesta tener que estar constantemente demostrando que eres muy hombre, que tú puedes solo, que siempre te sientes bien y puedes sacar todo adelante sin ayuda, de tener que probarle al mundo que «tienes huevos»? ¿No estás harto de fingir que no sientes dolor ni miedo, de no poder expresarlo sin sentir que serás ridiculizado? ¿No estás harto de tener que fingir que siempre serás el mejor en la cama, mientras no sabes ni lo que le gusta a tu pareja? ¿De no poder expresar el miedo de no ser capaz de hacerla disfrutar de una relación sexual? ¿No estás harto de ver hombres ejerciendo violencia a donde sea que volteas? ¿De que cada día nos matamos entre nosotros y las matamos a ellas tratando de probar que somos «muy hombres», que somos «más chingones»?

¿No estás hasta la madre? ¿Qué más necesitas que pase para cambiar?

Josué Lavandeira – josue_lavandeira@alumni.harvard.edu

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *