Confesiones de un macho en deconstrucción

«¡Que te valga madres! Me la voy a coger para que veas que sí es bien puta.» Y así me referí de ella con un amigo. Yo poco sabía de ella, lo único que sabía es que ella y mi amigo habían tenido sexo y que poco después ella me había besado. Ante el reclamo de mi amigo, esa fue mi respuesta.

¿Les ha pasado que recuerdan haber dicho o hecho algo y parece que hubiera sido alguien más? ¿Les ha pasado que les cuesta reconocerse en la persona que hizo o dijo cosas que ahora te parecen indefendibles?
Cuando la gente me pregunta que por qué hago esto, que por qué me meto en temas de hombres y masculinidades (no es un tema «popular», y menos en una sociedad conservadora como lo es cualquier provincia en México), mi respuesta es que tenemos que hacer algo para frenar la epidemia de violencia en que vivimos, que la paz se construye educando a los hombres para dejar de ejercerla y a la sociedad entera para dejar de formar hombres en estos roles, puesto que la mayor parte del ejercicio de la violencia en nuestro país y en casi todo el mundo proviene de los hombres. Todo esto es cierto, y en verdad lo siento y lo pienso así, no es una respuesta genérica, ni falsa, ni fingida. Pero esta es la respuesta para los demás; existe otra respuesta a esta pregunta, y esa respuesta es solamente para mí mismo: «Porque no quiero volver a ser el hombre que un día fui».

Yo nací, crecí y fui criado en una sociedad suburbana de la provincia mexicana, en su mayoría católica, conservadora, homofóbica, transfóbica, sexista, clasista, racista, entre otros calificativos. En donde las personas se conocen, donde la gente habla de los y las demás, y donde la sociedad en su generalidad es muy, muy machista. Me crie y aprendí mis ejemplos de gente perteneciente a una sociedad machista, de una familia machista, de escuelas machistas, de instituciones machistas, de amistades machistas, y el resultado fue exactamente el esperado: un machito.

Aún dentro de una sociedad conservadora y misógina, crecí en un hogar liberal entre los conservadores, mi padre era más conservador que mi madre, pero también era liberal entre los católicos. Cuando mi padre murió, siendo yo un niño, mi madre empezó a cuestionar su fe y a buscar aprender más de ella, pues le resultaba difícil que el Dios en que ella creía fuera tan injusto. Y así, mi madre inventó para mí una libertad que ella no conoció, mi madre me dejó decidir sobre mis ideas. Dejó en mi consciencia y libre albedrío la responsabilidad de poder educarme a mí mismo, de formar mis propias ideas, libres de los paradigmas sociales y religiosos que arrastraba desde pequeño, y de cuestionar junto a ella, mucho de la sociedad en que vivíamos. A ella le debo la capacidad de transformar mis ideas y pensamientos y educarme constantemente.

Mi madre también me enseñó a ser «un caballero» (con todo lo que eso significaba en las costumbres de antaño), pero debido a esta nueva libertad que poseía, yo traicioné lo que no consideré correcto para mí, de esa crianza, en mi adolescencia (o eso pensaba), con la finalidad de decidir ser mi propia persona y de no obedecer algunos paradigmas sociales que iban en contra de lo que mi raciocinio dictaba. Para cuando llegué a la Universidad, yo ya era un liberal recalcitrante con ideas incendiarias para una sociedad como la de mi ciudad (o así lo creía entonces).

Pero por muy liberal que fuera, y por mucho que apoyara la libertad de las mujeres y sus causas, yo seguía siendo un machito más. Lo peor del machismo en muchas ocasiones, es que nos es invisible. Yo pensaba que no era un macho porque no violentaba mujeres, porque golpearlas, violarlas o matarlas, era de monstruos, de enfermos mentales, y era yo de los que las defendía y si era necesario, se metía a los golpes por ellas, uno de «los buenos».
Tuve novias y siempre procuré tratarlas «bien», como me habían educado para tratarlas, como me hubiera gustado que trataran a mi madre (en lugar de preguntar a ellas, cómo les gustaba ser tratadas y qué es lo que querían). Y a pesar de que nunca me consideré celoso, posesivo, o controlador, sí seguía paradigmas tradicionales que consideraba «normales» para una relación. Desde pensar que no deberían ir al cine con un amigo, hasta golpear el volante del coche durante discusiones y manejar más rápido para mostrar mi ira.

Yo era un macho más de la manada. Yo no sabía cómo decirle a una mujer: «me da miedo que te guste más otro y me dejes», así que me enojaba y le reclamaba, no sabía cómo decirle que me sentía asustado cuando no me decía que me amaba, porque temía que se estuviera alejando de mí. Era mejor encontrar una manera de controlarla que admitir mis sentimientos, porque yo no sabía expresar miedo, o tristeza, o frustración, o cualquier emoción que pudiera ser feminizada. Yo sabía expresar ira, enojo, y eso me bastaba para lidiar con mis emociones, y para que ellas se sintieran lo suficientemente asustadas o culpables como para ceder ante mis reclamos. Tenía veintitantos años… pero la madurez emocional de un bebé.

En mi vida social provinciana, cuando estaba soltero, era importante tener conquistas efímeras, con personas con quienes no quería tener una relación duradera, pero que me resultaban físicamente atractivas. Salir con muchas mujeres era símbolo de ser «un chingón», de que era «muy hombre», y si podía tener sexo con ellas, pues mejor. Y aunque me criaron para no hablar de esas cosas, a menudo no era necesario hacerlo, bastaba con que alguien viera con quién estaba saliendo para que asumieran que había una relación sexual entre ella y yo. Y aunque no lo dijera explícitamente, tampoco lo desmentía, yo dejaba que cada quién pensara lo que querían pensar. Porque me convenía, porque reforzaba mi imagen de conquistador, de «hombre».

Yo era un macho más de la manada cuando tenía que salir con las mujeres que todos desearan, tenían que ser mis trofeos para demostrar que yo podía lo que otros no pudieron. Lo era cuando tenía que tener más conquistas sexuales que otros para poder sentirme muy hombre. Aunque no les hubiera preguntado a ellas si les gustaba el sexo conmigo, o me hubiera preocupado de que ellas se sintieran bien en el acto sexual, porque arriesgarme a la respuesta de la insatisfacción significaba arriesgarme a ser disminuido como hombre.
Lo era también cuando pensaba que porque ellas accedían de forma voluntaria a acostarse conmigo, entonces no estaba siendo machista. Insistí después de un «no», me embriagué con ellas porque sabía que el alcohol podía ser un medio para que accedieran a tener sexo. Yo era el arquetipo del macho «buena onda» que cree que, porque no usa la fuerza física o la violencia, no está usando su posición social de privilegio para conseguir lo que quería de una mujer. Porque al igual que ellas fueron adoctrinadas para no decirnos «no», y ceder, nosotros fuimos adoctrinados para no aceptar el «no», e insistir. Es esta combinación, una de las que mejor ejemplifica el sistema patriarcal de dominación-opresión: construirlas socialmente a ellas como receptoras de avances sexuales (deseados o no), al tiempo que construimos al hombre como emisor constante de esos avances, que deben ser continuos y constantes, de acuerdo con la asunción de virilidad del hombre asociada a su libido.

Y aunque yo fui criado en casa por una mujer, en realidad fui criado por una sociedad entera, por la tribu. Aprendí sobre cómo ser hombre y cómo tratar a la gente a través de mi acto teatral de hombre, de otros hombres, de mis amigos machos que aprendieron esto de la misma manera que yo; de las representaciones de masculinidad en la cultura y en los medios, de todo lo que me rodeaba. Y todo lo que me rodeaba era un sistema misógino, machista, patriarcal, un sistema de opresión que me enseñó a establecerme como ente dominante y a sentirme con derecho de ejercer mi voluntad por sobre otras personas, por sobre quien fuera más débil, por sobre quien tuviera menos oportunidades y menos posibilidades de resistir esa imposición.

En mis círculos sociales siempre han hecho chistes y bromas machistas y misóginas, crecí haciéndolos yo mismo y jactándome de lo gracioso que podía ser. No ser «políticamente correcto» y ser provocador e incendiario con comentarios populares para ganar la aprobación de otros hombres era importante, porque entre hombres se da la mayor validación de masculinidad: uno debe ser gracioso para otros hombres para ser aceptado dentro del grupo. Uno debe poder ser violento y ejercer esa violencia por sobre otros hombres para ser «respetable». Uno debe siempre y constantemente reafirmar que se es hombre frente a otros hombres, bajo riesgo de ser homosexualizado o feminizado, porque en nuestra cultura machista, ser homosexual o ser femenino, acarrea la carga de ser considerado «menos hombre».

Yo tenía que probarme hombre, ante otros hombres, ante las mujeres, ante la sociedad entera, porque no fuera a ser que alguien negara o cuestionara mi frágil masculinidad. Yo tenía que entrar en la caja de lo que un hombre «debía ser», y aunque fuera un hombre «bueno», tenía que ser bueno de la manera en que un hombre debe serlo según dicta la norma social. Y «ser hombre» en el paradigma hegemónico en mi país (y más en provincia), es equivalente a ser macho.

Yo era un macho más de la manada que hablaba regularmente de las mujeres de la misma manera en que inicié este texto, porque eso es lo que mi sociedad, mi país, mis congéneres, y también muchas mujeres, esperaban de mí y porque no tuve entonces el valor de retarlo. Me parecía normal hablar así, que un hombre hablara de esa forma de una mujer, y que si no lo hacía, entonces merecía recompensa por su discreción y su «respeto». Lo vemos en todos lados: En la TV, en Netflix, en el cine, en los periódicos, en nuestras redes sociales, en nuestros grupos de Whatsapp. Discutir de esta manera la vida de otras personas y en particular de las mujeres, parecía tan «normal». Me era fácil jugar al opresor desde los privilegios que me significaba ser hombre y seguir alimentando el sistema, seguir respetando la jerarquía y oprimir a quien se encontraba debajo, al tiempo que aceptaba opresión de quienes se encontraran en un estrato más elevado de ese mismo sistema.

Me ha llevado años, muchos años, cuestionar mis machismos y empezar a abandonarlos. Me ha costado mucho esfuerzo, mucho dolor mío, pero también de otras personas, muchas relaciones, muchas lágrimas, mucha culpa, mucha terapia.
¿Saben qué es lo peor del caso? No lo habría hecho, si no hubiera sido porque las mujeres lo evidenciaron, porque la lucha de ellas por la equidad hizo patente que yo era un conservador más del sistema de opresión que no les permitía avanzar. Y una vez más, las mujeres me hicieron la tarea… como cuando era un niño y la hacía con mi madre.

Yo era un macho más de la manada cuando las responsabilicé a ellas de educarme sobre cómo debía de ser hombre, cuando responsabilicé a mi madre, a mis ex-parejas, a mis amigas, a mis compañeras de escuela, de trabajo, a todas las mujeres en mi vida. Cuando no asumía plenamente mi responsabilidad para educarme a mí mismo fuera del sistema de opresión en el que fui socializado como persona, para redefinir lo que me significa personalmente ser hombre, y decidir el tipo de hombre que yo quiero ser y cómo lo quiero expresar.

Al final, creo que lo más importante de esto son dos puntos que me quedan de reflexión: El primero es que en mi país (y en muchos otros) somos machistas. Fuimos socializados en un sistema machista de dominación-opresión; somos hijos del patriarcado, y esto no significa que debamos sentir culpa por serlo. Durante mucho tiempo yo sentí culpa de mis machismos, y me reprochaba a mí mismo los comportamientos que manifestaba y los que había tenido en el pasado, es difícil ver en el espejo a alguien que no queremos ver. Pero si no elegimos nuestra crianza ¿Entonces, por qué sentir culpa al respecto? Olvida la culpa, ni a nosotros, ni a las mujeres, ni a nadie le sirve de absolutamente nada que te sientas mal y te sientas culpable de notar que eres un macho. Fijémonos en expiación, no en culpa ¿Qué tenemos que hacer para remediar el daño que hemos hecho, a nosotros mismos y a otras personas, a través de nuestras palabras, actitudes, acciones y omisiones? ¿Qué tenemos que hacer para avanzar y no volver a causar estos daños?

Esto me lleva al segundo punto, y el más importante: No se trata de culpa, se trata de responsabilidad. Porque si bien, no es nuestra culpa ser machos, sí es nuestra responsabilidad continuar siéndolo, o decidir dejar de serlo. Solamente nosotros podemos decidir abandonar nuestros machismos y reconstruirnos como hombres bajo nuestros propios términos. Podemos continuar como hombres que reproducimos el sistema de opresión y violencia bajo el que fuimos adoctrinados, y seguir invalidando cualquier expresión de masculinidad que no quepa en la caja del macho, o decidir ser hombres que combatimos este sistema desde las acciones individuales, desde la forma en que convivimos con otros hombres y dejamos de tolerar y celebrar conductas que refuerzan machismos, desde la forma en la que aportamos a la construcción de una sociedad más equitativa para todas las personas, atendiendo nuestros espacios masculinos, y desde la forma en que criamos a nuestros hijos e hijas en equidad.

Esta experiencia y estas reflexiones son mías, son personales, y son difíciles de compartir con el mundo, porque desnudan públicamente lo más oscuro y vil de mi pasado machista, porque aunque, no soy un violador, o un golpeador, o un feminicida… sí he sido muy macho. No estoy libre de acciones de violencia simbólica y de reproducción de paradigmas machistas. Tampoco estoy curado de machismos y entiendo que nunca lo estaré, que siempre llevaré conmigo estigmas de mi crianza que tal vez no pueda dejar atrás. Pero esta catarsis también me sirve para encontrar perdón en mí mismo, porque entiendo que haber asumido lo peor de mí, es también haber asumido la responsabilidad de cambiarlo. Es comprender para mí, que puedo ver lo que antes no veía y entonces transformarme en el hombre que quiero ser, y que, ante la imagen de estos paradigmas, antes invisibles, elegiré siempre traicionar el apego a cualquier modelo que no me sirva como individuo y que no nos sirva como sociedad para avanzar hacia un mundo más pacífico, respetuoso, y equitativo para todas las personas. Elijo traicionar a la manada, me elijo a mí.

Y créanme: si yo puedo, cualquiera puede.


Josué Lavandeira – josue_lavandeira@alumni.harvard.edu

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